Por Dr. Bret Stetka es el director editorial de Medscape Neurology y Medscape Psychiatry.

Es algo de lo que muchos nos percatamos: la sensación de que no somos tan agudos como antes.

Hace poco cumplí 42 años. Habiendo perdido a mi abuelo por Alzheimer y con mi madre padeciendo una enfermedad neurodegenerativa similar, soy muy consciente de las enfermedades que pueden acechar bajo mi cráneo.

Ante la falta de una cura para la enfermedad de Alzheimer y otras formas de demencia, las intervenciones más importantes para mantener la función del cerebro son preventivas: las que ayudan a mantener nuestro órgano más maravilloso y misterioso.

Basándome en la ciencia, tomo aceite de pescado y como salmón a la parrilla. Hago ejercicio. Trato de estimular mi corteza cerebral con lo desconocido.

Mientras escribía mi libro reciente, Una historia del cerebro humano, que describe la historia evolutiva de cómo nuestro cerebro llegó al momento actual, comencé a percatarme de que muchas de las influencias que daban forma a la evolución de nuestro cerebro en primer lugar reflejaban las medidas que utilizamos en la actualidad para preservar nuestra función cognitiva.

Ser una persona sociable y muy comunicativa.  Explorar las actividades creativas. Comer una dieta omnívora variada, baja en alimentos procesados. Ser físicamente activo.

Estos rasgos y conductas reflejan nuestro pasado, y creo fueron instrumentales en por qué continuamos en el planeta hoy día.

Y todos fueron posibles, al menos en parte, gracias a nuestro cerebro.

Los inteligentes sociales terminan en primer lugar

La saga humana está plagada de extinciones.

Por “humano” no solo me refiero al Homo sapiens, la especie a la que pertenecemos, sino a cualquier miembro del género Homo. Nos hemos acostumbrado a ser la única especie humana en la tierra, pero en nuestro pasado no tan lejano probablemente hace unos cientos de miles de años, éramos al menos nueve los que andábamos por ahí.

Estaba el Homo habilis, o el “hombre práctico”. Y el Homo erectus, el “lanzador”. Los denisovanos vagaban por Asia, mientras que los bien conocidos neandertales se extendían por Europa.

Pero con excepción del Homo sapiens, todos se han ido. Y existe una alta probabilidad de que haya sido nuestra culpa.

Los humanos nunca fueron los más rápidos de las llanuras africanas ni mucho menos los más fuertes. Los guepardos, los leopardos y los leones tenían esas características. En nuestro linaje la selección natural favoreció el ingenio y la astucia.

Muchos se convirtieron en comida para felinos, pero los que tenían una ligera ventaja cognitiva, especialmente el Homo sapiens, siguieron viviendo. En nuestra estirpe la inteligencia superó a la fuerza y la velocidad para permitir la supervivencia.

La ecología, el clima, la ubicación y la simple suerte habrían desempeñado un papel importante a la hora de sobrevivir o perecer, como ocurre con la mayoría de los seres vivos. Pero la presión evolutiva para obtener capacidades mentales más complejas conduciría a una expansión masiva del tamaño de nuestro cerebro y de los neurocircuitos, que es seguramente la razón principal por la que dominamos el planeta como ninguna otra especie lo haya hecho.

Gran parte de este “éxito”, si se le puede llamar así, se debió a nuestras vidas sociales.

Los primates son criaturas comunales. Nuestros primos cercanos los monos y los simios son increíblemente interactivos y se acicalan unos a otros durante varias horas del día para mantener los vínculos y las relaciones. Añade unos cuantos gritos y chillidos y tendrás una comunidad bastante compleja de simios comunicadores.

Y ahora sabemos que la vida social activa preserva la función cerebral.

La investigación demuestra que el aislamiento social empeora el deterioro cognitivo (no digamos la salud mental, como muchos lo experimentamos este año pasado). Las redes sociales más grandes y las actividades sociales regulares se relacionan con la preservación mental y una lentificación de la progresión de la demencia.

Esta nueva vida social llevó aparejada una presión evolutiva que favoreció la innovación. Nuestra capacidad de generar pensamientos e ideas totalmente novedosos y compartir estas ideas llegó a definir nuestro sexo.

Mientras cazábamos y buscábamos comida juntos y afilábamos piedras para convertirlas en hachas de mano, se produjo una creatividad colectiva que nos proporcionó mejores armas y herramientas que permitieron una búsqueda de alimentos más eficaz, y más adelante la carnicería y el fuego. El hecho de compartir eficazmente estas innovaciones con nuestros compañeros permitió que la información se difundiera más rápido que nunca, una semilla para las comunidades y civilizaciones más grandes que vendrían.

Desafiarnos para nuevas actividades y dominar nuevas habilidades no solo puede impresionar a los compañeros y congraciarnos con nuestro grupo, sino que también ayuda literalmente a preservar nuestro cerebro. Nuevas aficiones. Nuevas conversaciones. Aprender a tocar el banjo. Incluso jugar determinados videojuegos y simplemente conducir cada día por una nueva ruta del trabajo a casa, como lo hace el neurocientífico David Eagleman, puede mantener nuestra función en alto.[12]

Ya sea afilar la piedra antigua o jugar al sudoku, cualquier actividad novedosa que suponga un reto mental puede ayudar a mantener los circuitos neuronales en funcionamiento.

Realmente somos lo que comemos

Al mismo tiempo, mientras cazábamos y elaborábamos formas nuevas y comunitarias, teníamos que comer. Y lo hacíamos con una paleta excepcionalmente aventurera.

El Homo sapiens es una de las especies más omnívoras del planeta. Dentro de lo razonable comemos casi cualquier cosa. Sea hojas, carne, hongos o fruta, no discriminamos. En algún momento uno de nosotros incluso pensó que podría ser una buena idea probar las relucientes manchas grises que son las ostras, y resulta que los mariscos están entre los alimentos más saludables para nuestro cerebro.

La variada dieta humana es una parte integral de nuestra historia, al igual que la casi constante actividad física necesaria para obtenerla.

En múltiples ocasiones durante el último millón a dos millones de años, los cambios climáticos desecaron el paisaje africano, obligando a nuestros antepasados a salir de la exuberante selva hacia las peligrosas y amplias praderas. Así como la evolución nos obligó a crear y formar comunas para ayudarnos a sobrevivir, una dieta diversa también apoyó nuestra final toma de posesión global.

Nuestro pasado arbóreo nos hizo anhelar siempre los frutos colgantes del bosque, una fuente suprema de azúcares de alto contenido calórico que garantizó la supervivencia. En aquella era, no vivíamos lo suficiente como para padecer diabetes de tipo 2: si encontrabas dulces, los comías. Y hoy nos quedamos con un gusto por las galletas y los dulces que, dada nuestra mayor longevidad, pueden pasar factura al cuerpo y al cerebro.

Pero los seres humanos eran igual de propensos a comer bulbos, rizomas y tubérculos de la sabana, sobre todo cuando apareció el fuego. Con el tiempo nos convertimos en expertos carroñeros de carne y tuétano, el botín que dejaban los grandes felinos, que preferían la carne y los órganos más nutritivos.

A medida que mejoraba nuestro tallado, desarrollamos lanzas y aprendimos a atrapar y cazar nosotros mismos a las bestias de las llanuras.También hay indicios de que aprendimos a acceder a los lechos de mariscos de la costa africana y a incorporar a nuestra dieta mariscos saludables para el cerebro.

Estudiar los efectos de la dieta moderna sobre la salud es complejo. Los estudios dietéticos son notoriamente dudosos y suelen implicar innumerables variables de estilo de vida que son difíciles de desentrañar.

Por ejemplo, los arándanos. Múltiples estudios han relacionado su consumo con una mejor salud cerebral. Pero, presumiblemente quienes son propensos a las bayas también son más propensos a comer sano en general, hacer ejercicio y llegar al nivel 5 en su aplicación de meditación.

Es por ello que muchos investigadores, nutricionistas y psiquiatras especializados en nutrición se centran ahora en los patrones dietéticos, como los afines a las costumbres culinarias mediterráneas, más que en los componentes específicos. Seguir una dieta mediterránea está relacionado con la preservación de la cognición y múltiples estudios aleatorizados controlados indican que hacerlo puede reducir el riesgo de depresión.

Una diversidad similar en nuestra dieta ancestral ayudó a los primeros humanos a soportar el clima siempre cambiante y las épocas de escasez. Evolucionamos para subsistir y prosperar con una amplia variedad de alimentos, en parte porque nuestro inteligente cerebro nos permitió acceder a ellos. A su vez, una dieta igualmente variada (sin someterse a nuestra innata ansia de azúcar, por supuesto) es una de las mejores estrategias para mantener la salud del cerebro.

La caza, la búsqueda de alimentos y la huida de los depredadores requerían un intenso esfuerzo físico. Esto no es exclusivo de los humanos, pero no podemos ignorar que el ejercicio regular es otro medio eficaz para preservar la salud del cerebro.

Mantenerse activo mejora el rendimiento en las tareas mentales y puede ayudarnos a formar mejor los recuerdos. Mucho antes que se vendieran los aparatos para ejercicio en interiores, nuestros cerebros dependían tanto de la actividad mental como de la física.

Pero, de forma abrumadora, la evidencia apunta a la adopción de un conjunto de factores de estilo de vida para mantener nuestro cerebro sano, ninguno de los cuales existía en un vacío darwiniano.

La búsqueda de alimentos era una tarea social lo mismo que mental y física. Nuestros cerebros creativos aprovecharon la información, chismeando, innovando y cocinando nuestro botín alrededor de la hoguera.

Los investigadores están comenzando a reconstruir la compleja patología que se esconde tras la inevitable decadencia del cerebro humano y, a pesar del desfile de ensayos clínicos fallidos sobre la demencia, debería haber tratamientos prometedores en el futuro.

Hasta entonces, al pensar en preservar la experiencia consciente de nuestro mundo y nuestras relaciones y vivir nuestras vidas más largas y felices miremos a nuestro pasado.

Este artículo fue publicado originalmente en Shots, NPR’s health blog y adaptado para Medscape en español, parte de la Red Profesional.