By: Elias El Hage
Es fascinante ver cómo la prensa europea y las agencias internacionales han caído en un trance colectivo, bautizando al Lenacapvir como la «vacuna semestral». Un error semántico que roza lo irresponsable. Mientras en los cómodos centros de salud de Madrid o Berlín se celebra este avance como el fin de la era de la pastilla diaria, en América Latina el titular se lee más como un cuento de ciencia ficción que como una realidad de salud pública.
La burbuja de prevención
En Europa el debate gira en torno a la comodidad. El Lenacapvir es visto como el «gadget» definitivo de la biotecnología: dos pinchazos al año y adiós a la adherencia. Europa se permite el lujo de discutir la implementación logística mientras sus sistemas de salud robustos ya calculan cómo integrar el fármaco de Gilead. Allí, la prevención es un derecho de diseño; aquí, sigue siendo una carrera de obstáculos. Es casi poético: Europa se prepara para la era de la «post-pastilla», mientras nosotros en el sur global todavía lidiamos con el desabastecimiento crónico de antirretrovirales de primera generación.
La ironía del «Acceso Global» Resulta casi cómico —si no fuera trágico— que las mismas farmacéuticas que anuncian con bombos y platillos «licencias voluntarias» para países pobres, convenientemente olviden que la gran mayoría de América Latina cae bajo la etiqueta de «países de ingresos medios». Esa categoría es el limbo del VIH: somos «demasiado ricos» para recibir donaciones o precios de costo, pero «demasiado pobres» para pagar los miles de dólares que costará cada ampolla de Lenacapvir.
Mientras los medios anuncian esta «vacuna» con una alegría ingenua, ignoran que el mapa del acceso sigue calcando el mapa de la colonización. Europa tendrá la ciencia; nosotros tendremos los titulares. La verdadera eficacia del Lenacapvir no se mide en la carga viral de un ensayo clínico en un entorno controlado, sino en la capacidad de cruzar las fronteras de la avaricia corporativa.
Ver a los grandes medios europeos emocionados con este avance es como ver a alguien celebrar un banquete a través de un escaparate mientras la gente afuera sigue esperando por un pedazo de pan. No es una vacuna, es un inhibidor de cápside; y no es una solución global, es un recordatorio de que, en el mercado de la vida, tu código postal sigue siendo más importante que tu carga viral.

